1º Parte:
Era verano y hacía tiempo que no iba al gimnasio. Siempre me ha gustado hacer deporte y, aunque salía a correr habitualmente, el gym no lo pisaba desde hacía varias semanas.
Me encanta sentir como el calor provoca que los poros de mi piel se abran, sintiendo que transpiro por cada centímetro de mi cuerpo. Pero quizá por el tiempo que llevo sin sentir ese calor especial que te da una mujer o, quizá por el calor que nos invade en esta época del año, mi cuerpo reaccionó de manera inapropiada para ese sitio y momento, poniéndome en un aprieto. Menos mal que no había nadie más, ni en la sauna ni en el vestuario.
El caso es que, una vez que mi cuerpo volvió al estado de reposo habitual, me volví a duchar y me marché a casa. Pero quiera que el calor seco de la sauna ya había invadido mi cuerpo, se había adueñado de mí y mi mente comenzaba a trabajar, a imaginar, a fantasear. Esperando el autobús llegó una chica a la parada. Tendría unos cuarenta años y un cuerpo bonito, sin ser espectacular. Quizá lo que más me llamó la atención fueron su curvas, generosas pero proporcionadas. Llevaba unos vaqueros ceñidos y una blusa con un generoso escote, que dejaba asomar la blonda de su sostén.

El autobús avanzaba y mi temor era que no podía levantarme así si llegábamos a mi parada. Tuve suerte y fue ella quien se bajó antes, dejando mi sexo estremecido, sin haberlo sabido y sin ninguna culpa.
Por fin llegué a mi casa. Ya relajado pensé que todo había sido un mal rato, pero, en mi dormitorio, al dejar caer los pantalones mientras desnudaba mi torso, sentí de nuevo el roce de la tela sobre mi pene, que,
en cuestión de segundos, volvió a erigirse como el gran olvidado.

Unas gotitas de líquido preseminal habían manchado mi ropa interior. Me la quité y quedé desnudo, frente al espejo del vestidor. Mis manos comenzaron a acariciar mi torso, pellizcando suavemente mis pezones. Descendieron lentamente, hasta llegar a mis caderas, alargando una mano para apretar fuertemente mis testículos.
Me tumbé en la cama, frente al espejo, y comencé a acariciar mi sexo, que sentía duro, caliente, latiendo entre mis manos, mientras la otra se deslizaba por mis ingles buscando mis rincones más ocultos. No pude contenerme y, al sentir la yema de mi dedo índice posándose sobre mi ano, mi pene comenzó a lanzar chorros de líquido sobre mi abdomen, mientras arqueaba mis caderas elevando mis nalgas de la cama y sintiendo que había llegado a lo más primitivo de mi masculinidad.
Perdona si eras tú esa chica, pero el instinto fue más fuerte que la razón.
2ª Parte:
Al cabo de varias semanas y, de nuevo, al salir del gimnasio, coincidí con la misma chica en la parada del autobús. Esta vez vestía una falda, justo por las rodillas, que mostraban unos gemelos torneados y hacían pensar en unos muslos definidos y bonitos, y una camiseta ceñida. Me miró un instante y su mirada me hizo pensar que en nuestro primer encuentro fue consciente de lo que me fijé en ella.
Subimos al autobús y me senté al fondo, dejando libre el asiento de al lado. Ella, que se había quedado de pie, al ver que había sitio junto a mí, vino sin dudarlo.
“Hola de nuevo”, me dijo, y me sonrojé como un niño al que han pillado haciendo una travesura.
Hola, contesté, entre tímido y nervioso.

Y así, fuimos poco a poco, rompiendo ese hielo incómodo que se produce cuando conocemos a alguien que no sabemos muy bien qué piensa de nosotros. Al cabo de un rato llegamos cerca de mi casa y, sin saber muy bien cómo ni porqué, decidimos tomar una cañita de cerveza. El calor invitaba a ello. Después de una agradable conversación, descubrí que era, además de bella y atractiva, muy divertida.
Ella percibió que me gustaba y, supongo que yo a ella también, aunque, como suele pasar, no fui consciente de ello hasta más tarde.
Cuando terminamos nuestra caña y, ante la inminente despedida, ella soltó un ¿no me vas a invitar a tomar otra cervecita en tu casa?, ante lo cual mi corazón comenzó a bombear más fuerte y rápido, y, casi con voz temblorosa, contesté: naturalmente, vivo aquí al ladito.

Sentí sus pechos húmedos sobre mi torso, poblado por el incipiente crecimiento del vello, ya que hacía tres semanas que me había depilado.

Mi boca buscó sus hombros de nuevo, se giró y la abracé por la espalda, acariciando su cintura, su tripita, recorriendo sus costados con las yemas de mis dedos, desde sus caderas hasta sus axilas, rozando tímidamente las reondeces de sus senos, mientras mi boca seguía jugueteando con su nuca.
Volvió su cabeza y nos besamos en la boca, mientras mis manos alcanzaban sus pechos, cogiéndolos por las copas, como sopesándolos, masajeándolos suavemente, pellizcando delicadamente sus pezones, mientras sus manos buscaban mi pene erecto, que se frotaba con sus nalgas.

Sentía mi sexo completamente rígido, con el glande descubierto, sonrosado, terso, brillante, hinchado.
Comencé a subir con mi boca buscando la suya, mientras mis manos buscaban su sexo, su botoncito de placer, que al encontrarlo, comencé a masturbar cariñosamente.
Abrió sus muslos aún más y, al sentir mi pene rozando sus muslos, acercándose a su sexo, comenzó a mover su culito buscando el acoplamiento deseado.

Comenzamos a movernos despacio, disfrutando del momento, mientras el agua seguía cayendo sobre nosotros, mientras mis dedos jugaban con sus labios, con sus ingles, mientras masturbaba su clítoris, pellizcándolo suavemente, frotándolo sobre el capuchoncito de piel que lo protegía.
Sus caderas comenzaron a moverse más y más rápido, mientras una de mis manos ascendía buscando sus pechos, que se bamboleaban lujuriosamente con mis embestidas.
Vas a hacer que me corra, le confesé. Hazlo, me dijo, estoy a puntito de llegar.
Esas palabras me excitaron aún más y aumenté el ritmo sobre su clítoris, presionándolo un poquito más fuerte. Lo sentía hinchado, durito, atento a los movimientos de mi verga en el interior de la vagina.
Sentí que encogía el estómago, que su respiración se entrecortaba, que gemía presintiendo que el clímax estaba a puntito de llegar.
No aguantaba más…, sentía que mi sexo iba a reventar en su interior…, vamos, le susurré al oído, vámonos ahora… y un grito ahogado me dio el banderazo de salida…, comenzó a gemir como no lo había hecho hasta ahora, sus caderas y su culo se movieron diabólicamente, haciendo que mis huevos chocaran con su culo excitándome sobremanera, sintiendo que un torrente de mi esencia ascendía por mi cuerpo, como lava en un volcán a punto de entrar en erupción.

Quedamos inmóviles, recuperando el aliento, sintiendo como mi sexo todavía palpitaba en su interior, hasta que poco a poco fue saliendo.
Nos giramos frente a frente y sin decirnos nada nos abrazamos y besamos. Permanecimos así varios minutos, hasta que, recuperadas las fuerzas, y, entre risas nerviosas, comenzamos a enjabonar nuestros cuerpos, para tomarnos esa cervecita que nos había llevado hasta allí.
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