16 de abril de 2016

Relato #3 CANDELA


Lunes, el despertador sonaba insistente desde hacía ya un rato, y no tenía ganas de callarse por sí mismo, Candela por fin asomó la somnolienta cara por debajo de las sábanas, mientras la mano se dirigió al pequeño artilugio que tanto ruido hacía y lo apagó. Le costó un minuto hacer memoria y darse cuenta que hoy no era un día normal en su vida y no podía llegar tarde, como si de un resorte se tratara se levantó de la cama, y se precipitó a la ducha, necesitaba despejarse y el agua matutina era más efectiva que el propio café, desde hacía dos años notar el líquido caliente recorrer su cuerpo era lo único que conseguía que dejara de pensar en Roberto, se permitió quedarse quieta, relajándose un escaso minuto esa mañana.

Salió de la ducha se puso la toalla y tuvo cuidado de secarse los pies antes de volver corriendo a su dormitorio, abrió el armario para volver a cerrarlo de inmediato, desde que tenía uso de razón había sido un desastre, pero por una vez y sin saber porque había sido previsora la noche anterior dejando la ropa de hoy preparada. Traje chaqueta negro y camisa de seda verde esmeralda, se prometió a sí misma volver a utilizarlo, no podía dejar que el recuerdo del entierro de su hijo hace 22 meses por el cual se lo compró la absorbiera, y hoy era el día perfecto para reutilizarlo, se calzó los zapatos negros de gran tacón y remató su look con los accesorios.


Volvió al baño para lavarse los dientes, maquillarse un poco y arreglarse el pelo, el cual requería poco cuidado y siempre quedaba perfecto, le parecía la idea del siglo habérselo cortado al estilo "garçon". Llaves, móvil, bolso, una última ojeada a sí misma en el espejo de la entrada de su piso, sonrió levemente a la chica que se reflejaba en él, dándose el visto bueno, ya estaba lista.

Al desviar la mirada contempló la foto enmarcada del mueble de la entrada, Roberto con camiseta de manga corta y el pelo enmarañado besaba a Candela en la mejilla mientras la rodeaba con sus bracitos en su noveno cumpleaños.

Aún tenía que llegar al garaje, estaba nerviosa, iba a las mismas oficinas de siempre, pero esta vez como directora de compras, el camino no había sido de rosas precisamente, mucha competitividad, moviéndose en un mundo de hombres, durante el último año y medio Candela no había hecho otra cosa más que trabajar, ni siquiera sus amigas habían conseguido que saliera con ellas para distraerse, su vida en convirtió en su trabajo, para ella verse en ese puesto era la única meta que le quedaba desde el accidente.

“Mierda” masculló enfadada, “¿Qué te pasa? Venga va, ¡arranca!” espetó al coche, como si pudiera entenderla y hacerle caso. Decidió ir en autobús o en taxi, lo primero que llegara y se dirigió a la parada del autobús, estaba de suerte, pues llegó en el mismo momento que ella, se subió y buscó rápidamente en su bolso, sacó el monedero y pagó al conductor. Miró hacia la parte trasera hasta divisar un asiento vacío, y al llegar se sentó mientras hacía cálculos mentales sobre la hora de llegada al trabajo, había salido con bastante antelación, llegaría a tiempo, pero no le daría tiempo a tomarse un café, lo necesitaba, aunque la ducha matutina la hubiera despejado más que suficiente, la cafeína era una droga a la que llevaba años enganchada, con ella conseguía tener la mente más lucida, o al menos así es como ella lo sentía.

En la siguiente parada subieron una mujer y su hijo pequeño, Candela se estremeció al ver al muchacho, tendría la misma edad que Roberto cuando falleció, pestañeó varias veces a gran velocidad para que las lágrimas que se agolpaban en sus ojos no cayeran por sus mejillas. Se sentaron delante de ella, y justo cuando las puertas se cerraron se oyó como alguien chillaba desde fuera para que el conductor las volviera a abrir. Un hombre de unos 40 años de edad, con entradas y pelo ya canoso, algo de barriga y sin afeitar, subió al autobús, nervioso, mirando hacia todos los lados, como si buscara a alguien, la mujer que se encontraba justo delante de Candela abrazó a su pequeño atrayéndolo hacia ella y tapándole la cara, a modo de protección.

El hombre los divisó y, con cara de pocos amigos se plantó a grandes zancadas delante de la mujer y poniendo su cara a escasos centímetros de la suya comenzó a increparle. La reacción de varios pasajeros no se hizo esperar. Entre dos hombres le cogieron por los brazos interponiendo distancia entre él y la mujer. La madre del pequeño sólo se movió para abrazarlo, exactamente igual que ella hizo con Roberto aquel fatídico día. Candela, sin pensar y con el corazón latiendo con fuerza, se levantó y se puso delante del niño a modo de defensa, miró a la mujer que estaba paralizada de pánico y sus ojos se toparon con los del menor, vio un brillo de miedo en ellos, se giró, se tranquilizó al ver que los dos hombres estaban inmovilizando al energúmeno que seguía chillando amenazas de muerte y decidió seguir interponiéndose entre ellos. 

Todo pasó en un segundo, quizá en dos, el hombre consiguió zafarse de sus captores y metiendo la mano en el lateral interno de su chaqueta y sacó un arma. Nervioso, apuntó en todas las direcciones, increpando a todo el mundo, mientras gritaba “¡Puta! ¡Ni se te ocurra abandonarme, dame a mi hijo!”, apuntando el arma hacia la aterrada madre. Candela intentaba no perder el equilibrio con el traqueteo del autobús, sólo oía chillidos. Una fuerza la empujó hacia atrás haciéndole perder el equilibrio, el chofer debía haber parado el autobús, el furioso pasajero se desestabilizó moviendo la mano derecha ligeramente, su dedo índice inconscientemente apretó el gatillo. 

Candela oyó por encima de tanto griterío un sonido sordo, un estallido, al mismo tiempo que notaba un agudo e intenso dolor en el pecho, en el izquierdo…tanto los ojos como la boca se abrieron al instante, pero por alguna extraña razón que ella no entendía no podía ver nada y no consiguió articular sonido alguno. 

Perdió las fuerzas, desplomándose en el suelo, el autobús quedó mudo al instante, y sólo el pequeñín, acercándose a Candela, llorando, rompió el silencio: “¡Papá, la has matado!”. Fue en ese mismo momento cuando Candela se dio cuenta que hablaba de ella, su pecho dejó de doler, sus fuerzas la abandonaron, sonrió al creer ver a su hijo Roberto corriendo hacia ella con los brazos abiertos, por fin, otra vez juntos… su corazón finalmente dejó de latir. 


9 comentarios:

  1. Magnifico relato..!! Por un momento pensé que iba a enlazarse con el relato del autobús jejejeje igualmente sorprendente como los anteriores aunque esta vez me quedó una pequeña tristeza en el corazón... Justo cuando conseguimos encauzar nuestra vida, el destino nos pone los planes patas arriba. Genial relato ;) un placer leerte, como en los anteriores.

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    1. Muchas gracias! Me alegro que te haya gustado, y en relación a que te ha quedado una pequeña triseza...supongo que como todo en la vida real...gracias por tomarte tu tiempo en leerme!! 😘

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  2. Muy bueno, bastante triste, pero muy buen relato, me ha gustado mucho

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    1. Muchas gracias preciosa!

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    2. Tristísimo y preciso.
      Me has encantado.

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    3. Muchas gracias Almudena 😊

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  3. Me gusta mucho, transmite...atrapa...me encanta!!

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    1. ains...que te leo ahora!! Gracias amore! Un besazo

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    2. ains...que te leo ahora!! Gracias amore! Un besazo

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